Amelia Piñana, instructora certificada por AMT España en el método Eline Snel, comparte con nosotros su experiencia de un retiro de silencio de 5 días, que fue bien diferente a todo lo que había previsto. Amelia vive en Benicarló y es psicóloga infanto-juvenil especializada en TDAH, tema sobre el que imparte formaciones y conferencia a profesionales y familias.

Como requisito para la certificación como instructora del Método Eline Snel©: retiro de cinco días de silencio.
¿Cómo? ¿Cinco días? ¿Seré capaz? Tantas horas de meditación. Yo solo medito unos 45 minutos al día. ¿Podré?

Siento, entre otras emociones, miedo. Pero un miedo positivo, curioso, ilusionado, emocionado con la novedad… un miedo cargado de juicios, de prejuicios, de anticipar algo que no sé si será así… sin juzgar, Amelia, me digo cariñosamente. Lo intento.

Mi cabeza pensará demasiado, demasiado tiempo libre, incomunicación con mi chico, mi casa, mi trabajo… ¿Seré capaz?

La experiencia

Semana previa.

Inquietud, emoción, preparativos.

Me acompañará un cuaderno. Lo elijo con presencia, la textura, las hojas, el color. Preparo boli, lápiz, rotuladores. Aprenderé sobre las emociones, tema que me atrae muchísimo. Eso me anima más. Aprenderé de un maestro, compartirá con todos una pizca de sus conocimientos. Eso me anima más.

Ropa cómoda. Ropa con la que estoy a gusto. Una manta. Mi manta. Morada, acogedora, cariñosa, me ha acompañado siempre en mi camino de aprendizaje del mindfulness.

Paca, mi rana. Esta vez mini-Paca. Un poco mi álter ego. Ese regalo que llega al corazón y se convertirá en compañera de experiencias y novedades.

Y la curiosidad y el miedo, “diferente” y extraño, envueltos en papel de seda. Todo dentro de la maleta.

Habrá dos personas conocidas, con una compartiré viaje, camino, carretera. Feliz. Reconforta. Tranquiliza.

Los dos primeros días

Llegar. Tras un camino de agradable charla. Comprobando que sentimos lo mismo. Llegar y ver más caras conocidas. Más corazones conocidos. Más reconfortante.

Llegar a un lugar impecable. Cada hoja de árbol, cada brizna de hierba, cada piedra, parecen delicadamente colocados en su orden preciso y delicado. Paz.

La habitación. Una cama, un escritorio un baño. No necesitamos más.

La sala. Al entrar transmite calor de ese del corazón.

Los horarios. Vuelve el susto. ¡Venga Amelia! Podrás.

Tras una ronda en la que escuchamos las voces de todos, presentándonos, creando un álbum de personas de diferentes edades, profesiones, vidas, pretensiones… llega el silencio. Así. Sin más. Llega para quedarse cinco días.

Los dos primeros días me siento cansada, agotada, mi cuerpo y mi mente necesitan adaptarse a la rutina. Los pensamientos que se entrometen e intentan colarse en el fluir de los días me dicen “¿Qué haces aquí? ¡Con la de cosas que has de hacer allí!”. A pesar de haber más personas conocidas de las que sabía, al principio me siento una extraña en un lugar extraño haciendo cosas extrañas. No le veo finalidad… pero dejo que ese mismo fluir, ese mismo dejarse llevar por la situación que es así, me enseñe ese “porqué estoy aquí”. Me dejo llevar… de hecho, no hay nada más que hacer que eso, dejar que vaya pasando, apreciar cada segundo… y es eso lo que me va enseñando a valorar cada instante… y el amanecer del tercer día descubro que es eso mismo la finalidad ¡eureka!

Los otros tres días

Yo conmigo. Nada que hacer más que seguir la rutina. Yo con yo. En mí. Para mí. Compartiendo con otras personas la presencia. Compartiendo con otros un lugar en el mundo. Aprendiendo juntos. Compartiendo un amanecer, regalándole al cuerpo una sesión de Qi Qong. Unos rayos de sol. Un desayuno. Un meditar juntos.

Pasear. Echarse en la cama. Observar. Sentir.

No necesito hablar. Necesito sentir. Y descubro que siento la brisa, los olores de la mañana, los sabores de la comida. El tacto del suelo al meditar andando. De la hierba. De la madera, del terrazo.

Me descubro sentada, todos los ratos libres, en el mismo escalón de madera vieja. Ese lugar me regala el ver cómo se mueven las nubes. Cómo son de bellas las bandadas de pájaros. Cómo se mueven rítmicamente, todos al son, los cipreses. Cómo es la vida de las monjitas. Cómo una abeja se posa en una flor. Cómo es de bonita y diferente la flor de romero.

Mi cuerpo agradece la dedicación. La calma. Lo noto en la respiración, en el ritmo del corazón, en la mente despejada y centrada, atenta.

Descubro que no hablar y que no te hablen no es estar solo. A veces hablando con gente te sientes solo. Pero aquí es diferente, todos estamos conectados, en silencio, sientes al grupo. Y no te sientes para nada solo.

Me descubro de manera distinta. Comprendiendo que hay beneficios para mi ser. Me siento bien, genial.

Me siento, al igual que cuando descubrí la meditación, en el MBSR, como una mariposa que ha salido del capullo. Libre. Extiendo mis alas y sobrevuelo el presente.

Y me doy cuenta que me gusta esta sensación. Me doy cuenta que es esto lo que quiero transmitir a los niños.  Que ver las cosas de otra manera es posible. Que vivir sin remover el ayer y sin acelerar el mañana tiene beneficios. Que cuidar el cuerpo, la mente y el corazón te hace sentir bien. Que si tú te sientes bien haces que tu entorno esté bien. Y eres más capaz de responder, sin reaccionar, haciendo que tus relaciones sean mejores y las otras personas se contagien de ti.

Entonces entiendo el porqué del requisito. Y veo la importancia del retiro. Y me digo a mi misma que lo haré más veces.

Y cuando se rompe el silencio, lloro. Es un llorar que no es triste. Esos corazones que ya nos habíamos reencontrado, que conectamos en el camino del aprendizaje, se acercan y nos abrazamos.

Y agradezco todo: La compañía silenciosa y cariñosa. Las enseñanzas. La experiencia. La ramita de romero que apareció en mi silla.

Has podido, Amelia. Has superado otro escalón. Y encima has aprendido tanto, tanto de la vida, para la vida, con la vida…

“El milagro no es caminar sobre el agua. El milagro es caminar sobre la tierra verde en el presente, apreciar la belleza y la paz de la que se dispone ahora.”  Thich Nhat Hahn

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